domingo, 5 de abril de 2015

En los ojos de la media jirafa

Anoche, caminando por la calle Provenza con dos amigas, me llamó la atención una jirafa de taxidermista, que se veía a través de los cristales de una tienda de objetos para la decoración de interiores. Pero, lo más extraordinario es que no estaba sola: la mitad de otra jirafa, cabeza y largo cuello acoplados a un pedestal de madera, ocupaba el primer plano del escaparate. ¡Quién querría semejante ornamento! Sólo un palacio, como el que Gonzalo Suárez en Remando al viento concibiera para Lord Byron, podía aceptar una jirafa en el salón, pero nunca a esa pobre reducida a la mitad de su majestuosa figura.


Doblemente macabra, por la ausencia de cuerpo y extremidades, llamaba la atención su mirada congelada de oscuros ojos de vidrio, que parecían dirigirse hacia un punto ignoto y misterioso. La velaba los párpados, donde el taxidermista había ido reconstruyendo unas largas y lacias pestañas. Aquellas pestañas que bordeaban su mirada perdida me trajeron a la memoria la imagen del viejo Ricardo. Quizá, porque siempre veía de él medio cuerpo detrás de la mesa del café que frecuentábamos, y en la conversación me retenían sus grandes ojos ornados de pestañas pinchudas. No dije nada a mis amigas porque ellas no saben quién era el viejo Ricardo, y les hubiera sido incomprensible la extraña asociación. Sorprendida yo misma por aquel recuerdo enterrado, pensé, que a los despojos de aquella desgraciada bestia le había sido otorgada la virtud de atraer recuerdos lejanos, y que sus ojos de cristal, como bolas mágicas, reflejaban escenas del pasado de quienes se detenían en ellos.  

Fotograma de la película Remando al viento de Gonzalo Suárez

El regreso de los que conocimos y sabemos desparecidos para siempre ocurre sin aviso previo. Y suelen llamarnos desde los lugares o desde las cosas menos esperadas, como ocurrió la noche del Jueves Santo. Si bien es cierto que el viejo Ricardo hacía días  que debería andar rondándome, ya que había vuelto a releer El juguete rabioso de Roberto Arlt.

El viejo Ricardo era, él mismo, un personaje que jugaba a encontrar rasgos de los personajes de las novelas de Roberto Arlt en nosotros, los que frecuentábamos el bar de la calle Arenales a la salida de la escuela de Bellas Artes, que en esa época ocupaba un antiguo y estropeado palacete en la calle Cerrito y Juncal de Buenos Aires,  hoy demolido. Nunca supe si a mí me reservaba algún parecido, probablemente ninguno, porque las mujeres de las novelas de Arlt son madres o esposas dolientes, sumisas o avaras y medrosas; o viudas y jovencitas lascivas que sólo pretenden atrapar un marido; también está la variante cocotte de película, que puebla los sueños eróticos del adolescente pobre y solitario. Y yo de todo eso tenía bien poco, en la época era una gordita hippie con Grandes ilusiones, algo que Arlt no concibe para las mujeres, pero sí para todos sus personajes masculinos. Eso que Simone de Beauvoir define como la ”trascendencia”, o el “afán” del que habla Luis Landero en sus Juegos de la edad tardía.

Volviendo a las mujeres de Arlt, ellas siempre están como en el fondo de la escena, en el interior de sus casas, en la oscuridad del zaguán, espiando detrás de las cortinas, o maldiciendo al destino que las condena a estar atadas a un hombre que no quieren. Siempre alguna con algo de mi madre, ejemplos de la feminidad de la época, cultivada en el dolor del fracaso y la impotencia a que las somete su sexo. No desobedecen, se quedan allí esperando que alguien venga a rescatarlas, y siempre se equivocan. Quizás, así fueron las mujeres que Arlt permitió que entraran en su vida; a las otras, las alfonsinas creativas, sensuales y libres con las que compartía la mesa del café, les debe haber temido. Reconozco en Arlt su mirada sesgada hacia el mundo femenino, así eran los hombres de entonces, a los que Alfonsina Storni retrató con precisión en tantos de sus poemas.
  
Alfonsina Storni. Sin datos de autor/a

Como en las letras del tango, todos sus personajes, hombres y mujeres, finalmente comparten la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser, son fabricantes de sueños rotos. Pero, al menos, los hombres se permiten imaginar la Justicia social que impondrían a bombazos; la destrucción les abriría el espacio que se les niega y los hace infelices. Son brutos algunos, pero leales en su brutalidad; otros despliegan un alarde de imaginación al servicio de la traición o del asesinato, del invento definitivo que los haga millonarios, o del robo. Como ¡el robo a una biblioteca! que imagina Silvio Astier y sus amigos en El juguete rabioso... Tres chicos, aprendices de chorros, de apenas 13 o 14 años. ¿Alguien puede imaginar, hoy día, a los jóvenes chorizos del barrio planeando robar libros en la biblioteca de la escuela?

El mundo de Arlt era así, y aún, a principios de los años 70 en Buenos Aires, nosotros los jóvenes, inspirados por el afán, reconocíamos la historia de nuestros orígenes en aquellos libros, cuyas páginas revivíamos en los cafés del centro, que frecuentábamos. Porque sabíamos entonces que allí nos era dada la escuela de la vida, con profesores como el viejo Ricardo.   

Café Los Inmortales, en Buenos Aires, años 1920. Sin datos de autor/a
Cuando irrumpíamos en el café, después de clase, el viejo Ricardo ya estaba allí, agarrado a su inseparable vaso de moscatel, la crencha canosa cayendo sobre la frente. La nariz de berenjena, un poco enrojecida, le daba un aire de borrachín impenitente, que no lo era. Aunque sí, quizás, el moscatel surtía en él un cierto efecto de achispamiento que animaba su conversación y las frases y gestos irónicos con los que se dirigía a nosotros: a Paula, a Carlos (Ricardo lo llamaba "el fabricante de angustias" vaya a saber por qué); a Pablo o Jorge (que entonces me parecía de color pomelo Neus, como la bebida que siempre pedía), a Eduardo, a Marcia, a Pietra,  a Roberto y a otros que pasaban por allí: Ricardo L. Félix, Irma... Como aquel chico que acostumbraba a sentarse con nosotros o nos acompañaba en nuestro deambular por la ciudad.  Daniel se presentaba siempre con una cajita metálica para guardar y desinfectar jeringas, de esas que llevaban las enfermeras, en una época donde las jeringas desechables no existían. Faroleaba con su supuesta adicción cuando aún en Buenos Aires la heroína era sólo una fantasía de la que teníamos noticia a través de la lectura de Kerouac o de los poemas de Allen Ginsberg, editados por las ediciones de La Flor. El chico soñaba con ser un jonky de verdad, y no sé si lo logró. Lo cierto es que compartía esta vocación de pincheto con la de predicador. Y según explicaba, asistía regularmente a los oficios religiosos en un templo de los testigos de Jehová. Cuando se sentaba a la mesa del bar, depositaba siempre sobre ella su Biblia, otro de sus atributos, como lo era la cajita metálica que acomodaba, a su vez, sobre el lomo de Libro sagrado. Por esto, nosotros le habíamos apodado Daniel Apocalipsis y el viejo Ricardo lo llamaba El Astrólogo,, nunca supe por qué ) el personaje de Arlt de Los siete locos. Quizá porque el discurso de ese bizarro aprendiz de pastor evangélico versaba, frecuentemente, sobre la inminente llegada del Armagedón, el fin del mundo, y trataba de convencernos de la realidad comprobable del Apocalipsis, que se anunciaba en múltiples hechos que ya estaban aconteciendo por aquellos años. Algo de razón había en su prédica, porque estábamos a un paso de que se instalara en Argentina un nuevo tipo de Armagedón, llamado plan Cóndor, diseñado para toda América latina.

Entre las novelas de Arlt y la vida de Ricardo no había separación, vivía dentro de ellas y sus propias historias exhalaban ese mismo sentimiento de sueños truncados. Bajito y algo encorvado, el viejo Ricardo tenía siempre en los labios una sonrisa condescendiente, supongo que se la dibujábamos nosotros con la inocencia y la curiosidad de nuestra juventud, que la creíamos ya de artistas. Vestía con la corrección de los hombres de su edad, los que trabajaban en oficinas: un saco de muchos años, un pantalón de paño, la camisa clara y la corbata desplanchada y mal anudada. Dirigía a un grupo de limpiadoras que ejercían como tales para algunas de las oficinas de la zona. Nada más supimos de su trabajo, aunque con el tiempo nos llevó a su casa, en la calle Bolivia. Una casa muy vieja y descuidada, con un par o tres de piezas que se abrían a un patio con macetas mustias. Allí convivía con su hermana, una versión femenina de él mismo.

Durante la visita a su casa, Ricardo nos habló de su mujer, había fallecido muchos años atrás. Después de aquella tragedia, él había intentado suicidarse. Eligió arrojarse a las vías del subte. Y yo imaginé el subte de la línea A, la de Plaza de mayo a Primera Junta, un día de invierno, de esos cuando la garúa se mete en los huesos. Nadie puede suicidarse en Buenos Aires cuando los jacarandás están flor en la Avenida de Mayo, o así lo sentía yo entonces. Pero el viejo Ricardo tuvo mala suerte, y le tocó la china de seguir viviendo, porque cuando se iba a lanzar bajo las ruedas del tren que llegaba, otro se le adelantó, y se suicidó en su lugar.  
Metro de Buenos Aires. Sin datos de autor/a
Y el viejo siguió su vida, cumpliendo horario en el bar de la calle Arenales, agarrado al vasito de moscatel, a los libros de Roberto Arlt y, por un tiempo, a nosotros que nos fuimos alejando, cada uno con sus historias. En una de las visitas a su casa vi una foto de su mujer, la contenía un marco, tan viejo como la misma foto, donde apenas se distinguía el rostro de una chica joven que sonreía, peinada al estilo de los años 40. Era la figura de un fantasma que se iba deshaciendo bajo las manchas de humedad que la atacaban. No sé por qué, pensé que la misma enfermedad que la había corroído se empeñaba en prolongarse sobre su imagen retratada.

Quisimos encontrar una novia para el viejo Ricardo, y creímos que podía ser otro de nuestros encuentros fortuitos: Sara Preto, una mujer extraordinaria que con más de 50 años había decidido ser escultora, y lo logró. Pero Ricardo amaba el fantasma de su joven esposa, y Sara a un amante mucho más joven que ella.   

Qué diría el viejo Ricardo si le explicara que, en la relectura de El Juguete rabioso hoy percibo ese mismo ambiente de sucia melancolía, que preside también El Diario de un ladrón de Jean Genet, y algo de su propia vida. ¿Habrá leído Ricardo, alguna vez, a Jean Genet? Sé que la amoralidad del relato de Genet lo hubiera escandalizado y, sobre todo, su elogio a los muslos prietos de los Waffen SS, y el deseo que le despertaba la violencia que imaginaba, tanto en ellos como en los jóvenes y apuestos policías a los que Genet admiraba. La relación de amo y esclavo era un estímulo sexual para el francés. En Arlt hay también mucho de esa pasión por la destrucción, aunque sus sueños eróticos se nutren de un imaginario heterosexual, con un sadismo normativamente dirigido hacia ciertas mujeres.

Pero ahí está el encuentro que el jovencísimo Silvio Astier, de El juguete rabioso, tiene con esa otra manera de sentir la sexualidad. Ocurre en una habitación de pensión, con otro chico que aparenta su misma edad y que pretende seducirlo. La escena es extraña e inquietante, un rechazo de macho ofendido es la primera reacción de Silvio, pero la visión de la piel blanca, recortada entre puntillas, que aquel adolescente exhibe como muestra de su deseada feminidad, confunde a Silvio. El olor nauseabundo que exhalan las ropas, del pretendido seductor, agrega ese punto de abyección que está presente,  también, en los ejercicios amatorios de Genet. Pero Silvio es muy joven y se asusta de esa sexualidad furtiva que acaba de descubrir.

Tanto Arlt, como Genet en el Diario de un ladrón, describen los escenarios de miseria de las primeras décadas del siglo XX y los personajes que los frecuentan. Buenos Aires es la gran ciudad trampa de la que Silvio Astier no puede salir, e imagina la huida a Europa que le devolvería la libertad y lo resarciría de sueños cumplidos. El camino inverso al que hicieron sus padres inmigrantes. Genet se desplaza libremente por esa Europa, de Cádiz a Berlín, haciendo de la abyección una categoría estética y de la traición un placer más, enmarcado en la exaltación de una virilidad donde se juega a ser amo y esclavo...

 Como los adolescentes que se hieren -como aquel Daniel Apocalipsis-, para sentir en el dolor/ placer de su propia carne torturada,  la confirmación de que están vivos, Silvio Astier encontrará en la traición una razón que lo aleja del suicidio. La abyección y la traición que hacen imborrable ciertas escenas de las obras de Arlt son los gestos del hastío, de la rabia frente a las injusticias del mundo, es la metáfora de la bomba anarquista como reconocimiento del final de todos los sueños.

[...] pero a medida que ubicaba el hecho en la distancia, mi perversidad encontraba interesante la infamia.
-¿Por qué no?...Entonces yo guardaré un secreto, un secreto salado, un secreto repugnante que me impulsará a averiguar cuál es el origen de mis raíces. Y cuando no tenga nada que hacer, y esté triste pensando en el Rengo, me preguntaré: ¿Por qué fui tan canalla?, y no sabré responderme, y en esta rebusca sentiré como se abren en mí curiosos horizontes espirituales.
[...]
­-¡Ah! canalla...canalla...
-No me importa...y seré hermoso como Judas Iscariote...toda mi vida llevaré una pena...
[...]

[...] ¿por qué ha traicionado a su compañero?, y sin motivo ¿No le da vergüenza tener tan poca dignidad a sus años?
Enrojecido hasta la raíz de cabello, le respondí:
-Es cierto... Hay momentos en nuestra vida en que tenemos necesidad de ser canallas, de ensuciarnos hasta adentro, de hacer alguna infamia, yo que sé... de destrozar para siempre la vida de un hombre...y después de hecho eso podremos volver a caminar tranquilos.
Roberto Arlt, El juguete rabioso (1926)
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La idea de traicionar a Armand me inundaba de luz. Lo temía y lo quería demasiado para no desear engañarlo, traicionarlo, robarle. Presentía la desasosegada voluptuosidad que acompaña al sacrilegio. Caso de que fuera Dios (había sabido lo que era ser piadoso) y hubiera puesto en mí su confianza, me resultaría dulce renegar de él.
Jean Genet. Diario de un ladrón (1949)

En la mirada de la media jirafa, ¿estarían también las novelas de Arlt y el relato de Genet? ¡Ah!, si el viejo Ricardo estuviera aún en el bar podría ir a preguntarle. 

  

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